los viajes de juanma y carol
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Australia

Territorio del Norte

En Adelaida cogimos un vuelo que nos llevó a Alice Springs, ciudad que está aproximadamente en el centro geográfico de Australia. También está literalmente en medio del desierto.

A nuestra llegada al aeropuerto, recogimos el coche que habíamos reservado y que teníamos intención de devolver en Darwin, 1.500km al norte. Generalmente las compañías de alquiler de coches cobran un suplemento por devolver el coche en una ubicación distinta. En este caso, a cambio de no pagar dicho suplemento, sólo nos incluyeron 200km diarios gratuitos en lugar de kilometraje ilimitado. Sabíamos que el tema nos iba a salir por un pico, pero nos apetecía vivir la experiencia de conducir por el desierto australiano. Era un capricho que estábamos dispuestos a costearnos.

El cambio con el país que habíamos visto hasta el momento fue brutal. El Outback resultó ser un desierto con bastante vegetación, de arena completamente roja y con un calor abrasador (como no podía ser de otra forma). Nuestra primera parada fue Ayers Rock, lugar de acceso al Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. Tanto el monte Uluru como los Kata Tjuta (también conocidos como Montes Olgas) son unas formaciones rocosas imponentes en medio de la llanura total del Outback. Cuenta con un resort a 20km (el Ayers Rock Resort), que es el único alojamiento en más de 100km a la redonda.
En el resort hay diferentes tipos de alojamiento: desde un hotel de cinco estrellas hasta zona de acampada. Nosotros optamos por el hotel más barato que ofrecía baño en la habitación, y que nos supuso un desembolso de 330$ por noche (estuvimos 2), en lo que fue el mayor gasto en hotel por noche de todo el viaje. Al menos la habitación era muy cómoda (sólo faltaba que por esa pasta no lo fuera), pero eso sí, el desayuno no estaba incluido en el precio. El lugar cuenta también con varias piscinas, un supermercado, tiendas, restaurantes, comisaría de policía, un pequeño ambulatorio y una oficina postal, entre otros servicios. Resumiendo, han construido una mini ciudad en medio del desierto para que los turistas podamos visitar una piedra enorme. Incluso han hecho un pequeño aeropuerto a 4km del resort.
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Llegamos a Ayers Rock con tiempo suficiente para ir a ver el atardecer en el Uluru, que es una de las grandes atracciones del país. Para entrar en el parque nacional hay que comprar una entrada que tiene una validez de 3 días, lo cual está bastante bien pensado.
La visita al Monte Uluru es bastante simple. Se puede dar una vuelta alrededor de su base, se pueden observar el amanecer y el atardecer desde los puntos destinados a ello, y de vez en cuando, se puede subir a su cima. Y no hay más.
Nos encaminamos pues a ver el atardecer y aparcamos el coche en el parking destinado a tal efecto, que estaba lleno de gente. Es bonito ver el color rojo de la montaña cambiando de matiz según cae la tarde. 
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Por la noche cenamos en un sitio del resort muy original. Había un mostrador en el que vendían comida cruda, y al lado unas barbacoas en las que cada cual se freía lo que había comprado. Nosotros optamos por ser originales y compramos unas brochetas de canguro y otras de cocodrilo. La experiencia fue menos exótica de lo que pudiera parecer. Se trata de carne, al fin y al cabo.
Tras la cena, nos fuimos pronto a dormir porque habíamos decidido madrugar un poco al día siguiente para ir a dar la vuelta al Uluru. Sopesamos la posibilidad de ir a ver el amanecer, pero la rechazamos porque exigía un madrugón excesivo.

Así pues, a la mañana siguiente nos pusimos en marcha. Aparcamos en la base de la roca y, nada más salir del coche, nos dimos cuenta de que no sólo el calor nos iba a hacer dura la caminata. Las moscas hicieron su reaparición en escena. La tarde anterior había algunas pero no había sido del todo incómodo. Se ve que se habían ido a dormir para atacarnos con más brío por la mañana. La subida a la cima no estaba permitida ese día por fuertes vientos. El Uluru es una montaña sagrada para los aborígenes y según sus creencias es una ofensa subir a su cima. Ellos piden que no se suba y, según parece, cada dos por tres cierran la subida por cualquier motivo. Ese día parecía justificado porque hacía mucho viento. En todo caso, nos dio la sensación de que subir a su cima es una temeridad porque no hay más que una cuerda a la que hay que agarrarse y no parece difícil escurrirse. Según leímos en la guía, todos los años muere algún turista al intentar la hazaña.
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Aunque comenzamos sobre las 7 de la mañana, hacía ya un calor de mil demonios. La vuelta completa al monte, de 10km de perímetro completamente llano, nos llevó poco menos de 3 horas y, para ser sinceros, nos pareció un poco aburrida. Pero si no veíamos el amanecer y no subíamos a la cima, ¡algo había que hacer!
A lo largo del recorrido hay tres puntos que cuentan con sendos bidones de agua enormes para rellenar la botella, pues al fin y al cabo estás paseando por el desierto.
La otra atracción del parque nacional eran los Montes Olgas, pero decidimos dejarlo para el atardecer y confiar en que hiciera menos calor. Así que nos fuimos a dar un bañito a la piscina del hotel y a dormir un poco la siesta. Por la tarde nos encaminamos hacia los montes. En contra de lo esperado, no hacía menos calor en absoluto, pero afortunadamente el tiempo que pasaríamos lejos del fresquito del aire acondicionado del coche sería menor. En estos montes hay dos caminatas para hacer: la primera es la garganta de Walpa, de 2,6km ida y vuelta y la segunda una ruta circular de 7,4km para llegar al Valle de los Vientos. Nosotros hicimos solamente la primera, porque la segunda estaba cerrada por “temperaturas extremadamente altas” según leímos en un cartel. La de la garganta no nos pareció muy espectacular.
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Al final nos dio un poco la sensación de que lo más bonito de los dos sitios era verlos desde la distancia (quizá la ruta del valle de los vientos mereciese la pena, pero es algo que nos quedaremos sin saber).

A la mañana siguiente pusimos rumbo a Kings Canyon, un cañón situado a unos 300km del Uluru. Al parecer, sólo el 10% de la gente que visita el Uluru va también a Kings Canyon. Allí hay otro resort, pero mucho más de andar por casa. 

El Kings Canyon ofrece dos caminatas: una por la base del cañón, de 1,2km ida y vuelta, y otra bordeando el cañón por arriba, de 6km. Como hacía una brisita agradable nos decidimos por la de 6km, a pesar de que hacía mucho calor y aquí no había bidones para rellenar las botellas de agua. Habíamos leído que esta ruta empieza con una subida de escaleras criminal y que cuando llegas a lo alto del cañón ya es todo más llevadero. Desde luego, la subida inicial fue matadora, pero el resto de la ruta no paramos de subir y bajar por piedras y fue bastante rompe piernas. Hay que estar bastante bien de forma para hacer esta ruta sin sufrir más de lo debido. Nosotros sufrimos lo justo, y la verdad es que nos pareció una caminata bastante interesante, mucho mejor que las del día anterior. 
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Dos curiosidades del Kings Canyon: en todas partes dicen que es el hermano menor del cañón del Colorado y la verdad es que ni por asomo; la segunda es que la película australiana “Priscilla, reina del desierto” termina precisamente con sus tres protagonistas haciendo esta ruta, aunque con una vestimenta no muy adecuada para la ocasión.
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Al día siguiente comenzaba nuestra carrera por el desierto. Debíamos conducir casi 2000km hasta Darwin atravesando el Outback, así que cargamos los CD’s de música y nos pusimos en marcha. 
En general, ninguno de los australianos con los que habíamos interaccionado hasta ese momento, a los cuales habíamos dicho que íbamos a hacer esa travesía, se mostró indiferente: o bien les parecía una locura que ellos no harían bajo ningún concepto; o bien nos contaban que lo habían hecho y les había parecido una de sus mejores experiencias. 
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Nos habían dado muchos consejos del tipo: llevad mucha agua, no dejéis que el depósito de la gasolina llegue siquiera a la mitad, mucho cuidado con los trenes de carretera, no conduzcáis al amanecer o al atardecer… Y este último fue el único consejo razonable. Realmente es lo único que hay que tener en cuenta (eso, y la monotonía de ir cientos de kilómetros en línea recta). El límite de velocidad es de 110km/h en todo el país, excepto en la carretera que lo divide en dos (la Stuart Highway), donde es de 130km/h. Lo bueno es que realmente se consigue una media de 130km por hora. Nosotros además madrugábamos un poco para aprovechar el mayor número de horas de luz: no queríamos conducir al atardecer, que, como ya habíamos comprobado, era cuando a los animales les daba por cruzar la carretera sin antes mirar a ambos lados, tal como nos enseñaron nuestros padres cuando éramos pequeños.

Durante nuestro trayecto por el desierto nos llamaron la atención tres cosas: los trenes de carretera, las áreas de servicio y el lento pero constante cambio en el paisaje a partir del punto en que se atraviesa el trópico de Capricornio.
Los trenes de carretera, o road trains, son camiones con tres remolques que pueden llegar a medir 53 metros. Sólo pueden transitar por el estado de Northern Territory y se hacen interminables cuando se les adelanta. Todos llevan en la parte delantera un armazón de hierro por los posibles atropellos de animales.
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Las áreas de carretera suelen ser un tanto decadentes. Suele haber aborígenes deambulando, y dan una sensación de soledad enorme. Se conocen como Roadhouses y en todas ellas se puede repostar gasolina, comer y dormir. En general, el variopinto personal encargado de las Roadhouses nos resultó un poco seco, especialmente en comparación con el resto de australianos con los que tuvimos contacto a lo largo de nuestro viaje, que nos parecieron gente muy sana, amable y simpática. Y es que vivir en medio del desierto debe agriar el carácter a cualquiera. Sin embargo, la primera noche que pernoctamos en la Roadhouse de Wauchope, nos atendió una chica muy simpática. Por 80$ nos dio una habitación muy simple con baño y aire acondicionado en la que pudimos descansar bastante bien. 

Cuando se atraviesa por el Trópico de Capricornio hay un cartel que lo indica. A partir de ese punto, al principio de manera casi imperceptible pero después claramente, el paisaje va cambiando y cada vez va habiendo más vegetación. Además, como estábamos en la época de lluvias, nos cayeron unas cuantas de esas típicas lluvias tropicales en las que ni con el parabrisas a toda velocidad se ve algo. 
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Las visitas más destacadas que hicimos en los 1500km que separan Alice Springs de Darwin fueron Las Devil’s Marbles, que es una zona con unas rocas colocadas de una forma muy curiosa y por las que hay un pequeño sendero para observarlas; el pub de Daly Waters, que es un bar con mucha solera en el que la gente cuelga en sus paredes cosas de lo más variopintas (carnés, billetes, sujetadores, matrículas de automóviles…); la piscina termal de Mataranka, auténtico oasis en medio del desierto en el que nos dimos un chapuzón y en cuyas instalaciones cometimos el inmenso error de pernoctar (la habitación estaba llena de bichos, el aire acondicionado hacía un ruido enorme, el restaurante era muy cutre…, y sin embargo el sitio venía recomendado en la guía Lonely Planet); y la Garganta de Katherine, pequeño fracaso de visita porque, debido al intenso calor húmedo que hacía, no nos atrevimos a hacer ninguna caminata. Además, era posible hacer una visita guiada por la garganta en barco, que tampoco hicimos debido a los horarios: nosotros habíamos llegado a las 10h y el barco salía a las 14h y no estábamos dispuestos a esperar tanto tiempo. Y ahí fue donde nos dimos cuenta de por qué nos dijeron que era temporada baja en la zona: era un suicidio hacer turismo con tanto calor y tanta humedad.
Finalmente llegamos a Darwin, capital del Top End de Australia. 
Darwin fue completamente asolada por un ciclón en la Nochebuena de 1974. La ciudad fue reconstruida completamente a prueba de ciclones (aunque afortunadamente para sus habitantes, aún no han tenido ocasión de comprobarlo), y al ser una ciudad tan moderna, no nos pareció que tuviera ninguna cosa destacable. Lo mejor fue la taberna griega Manoli’s, donde comimos comida griega solamente igualable a la que degustamos en Grecia. Somos muy seguidores de la gastronomía griega, y siempre que encontramos algún restaurante griego en algún sitio solemos probarlo (en Adelaida también comimos en uno); este de Darwin lo consideramos el mejor de los que hemos probado en cualquier parte del mundo, exceptuando Grecia.
Desde Darwin salía la excursión de 2 días que habíamos contratado para visitar el Parque Nacional de Kakadu, que se suponía iba a ser uno de los momentos estelares de nuestro viaje. Pero entre el calor, la humedad y las moscas, apenas pudimos disfrutar del parque. 
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Tampoco las zonas que visitamos nos parecieron realmente espectaculares; y es que el itinerario que siguen no es el mismo en la época húmeda que en la época seca, pues hay muchas carreteras que se inundan y sólo son transitables medio año. Probablemente el recorrido de la época seca sea espectacular, pero el que hicimos nosotros nos llevó incluso a pensar si merece la pena visitar el parque en época de lluvias. Nosotros nos pasamos los dos días deseando volver a Darwin.
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